Ahora está muy de moda eso del botellón. Y en esto, como en todo, está la visión de aquellos (y aquellas) que hablan desde el conocimiento de vivirlo cada fin de semana o de aquellos que lo ven en televisión y se hacen eco de los comentarios más o menos felices de los comenta-listos que abundan tanto en las tertulias. Algunas veces he dicho que no me merece ningún respeto aquella persona que se cree experta en todo. Suelen ser como el pato: nadan, vuelan y andan, pero no hacen nada bien.
Pues eso, que ahora eso de que los jóvenes se regulen y decidan dar un golpe de mano y organizar su ocio como les sale de los huevos (o de la pepitilla, que en esto son mucho más propensos a la paridad que los que hablan con mucho vascos y vascas y mucha tontería del estilo), les sale urticaria en la papada (o tres palmos por debajo de esta, medirlo si no estáis acompañados) y se me ponen puristas de cojones.
Pero vale, vamos a intentarle quitarle toda la paja y toda la niebla de estos ojos glaucos que nos conducen. Y si os parece lo hacemos por comparación. Juzgándoles a ellos en contraposición al ocio de los jóvenes de hace … digamos 20 años, así, a la ligera.
Pues nos cogíamos las mismas mangas. O peores. Cada vez que nos íbamos de fiesta en cualquiera de las verbenas de los pueblos (míticas eran las cogorzas de fiestas de Mungia, las primeras del verano o las de Elantxobe, que han creado uno de los mejores momentos en mis retinas históricas) entendíamos que tomar un kalimotxo era condición indispensable para “relacionarnos” entre vascos y vascas, preferentemente del sexo opuesto (que no contrario).
Y bueno, entre una y otra nos fuimos construyendo. Aguantamos muchas veces a nuestra madres diciéndonos eso de “te vas a matar”, pero sobrevivimos para convertirnos en lo que somos hay, de bueno y de malo. Mi padre tenía la costumbre de no decirnos la hora de regreso, pero a las ocho de la mañana tocaba levantarse y trabajar en cualquier cosa que le ocurriera en el momento. Especialmente cualquier cosa que jodiera mucho y sonara por encima de lo permitido. Lo dicho, por joder. Pero he de admitir que se lo agradezco porque me enseñó algo que he tratado de guardar desde entonces, lo importante no es lo que hagas sino las consecuencias de los que hagas. Y ahora queremos ahorrarles a nuestros jóvenes una lección que hemos aprendido todos a base de mañanas duras en las que parecía que todo nos reventaba por dentro. Una lección indispensable, radicalmente indispensable. Debemos seguir permitiendo que tropiecen, que decidan aunque al día siguiente estén descojonados (y descojonadas). Aunque, y esto es más traumático, algunos se queden en el camino.
Porque bien pensado, lo que les estamos transmitiendo no es que no consuman alcohol. Ni que los “visios” deben ser controlados. Les decimos que nos jode que lo hagan en la calle, que no lo hagan en los bares que es donde hemos decidido que lo tienen que hacer. Que se gasten lo que no tienen en una cerveza o en una coca-cola (os hablo porque lo veo, más de la mitad de la gente que está en un botellón se dedica a comer pipas, chillar mucho e intentar ligar con el bulto que se ponga más mano) y que no nos molesten la noche de los viernes y los sábados.
Padres y madres de hoy, no seamos falsos. Nuestros hijos e hijas están haciendo lo mismo que hemos hecho nosotros pero con la diferencia que ellos se están convocando. Han decidido hacer las cosas a su modo. Y os aseguro que no estoy de acuerdo. Me parece que habría que darle una vuelta. Pero no tengo la hipocresía necesaria como para decírselo después de la que estamos liando los adultos. Porque me pueden mandar a cascarla a Ampuero y con razón.
Igual tenemos que hacer propuestas diferentes. Igual tenemos que escucharlos medio segundo. Igual tenemos que dejar de pontificar para vivir este momento histórico que nos ha tocado entre todos. Sin mentiras. Sin falsos futuros (los jóvenes no son futuro; son tan presente como los mayores, los inmigrantes o cualquiera de nosotros). Mientras tanto cuando voy a cualquier tasca de pueblo y me meten 6 euros por una copa pienso –botellón, ¡joder, normal!
(Izargorri)