Es pequeño y nervioso. Estrena sus veintitrés con una perilla ancha y rala, de otros tiempos y lugares. La sonrisa de metal, obra de algún dentista laborioso, le aflora con la naturalidad de aquel cuyas preocupaciones solo le incumben a él, de aquel de quien nadie depende todavía.
Será lo que quiera ser, o lo que le dejen, como a todos. Aunque si me preguntan yo diría que tiene alma de chapista, o de albañil, o de mecánico. Pero tal vez que equivoque y un día nos da un susto y se monta un negocio. Una cooperativa con otras gentes como él y nos cambian de un plumazo neoliberalismos y deslocalizaciones. Pero no lo creo.
Por ahora solo tiene un viejo trasto, casi un coche, herencia de algún apaño que pasea orgulloso por las calles del pueblo. Alguna vez le he visto acompañado, pero casi siempre viaja solo como viajan los que tienen prisa por quemar etapas sin saber en realidad si lo que importa es la meta o el camino.
También tiene una buena colección de camisetas. Parece que las eligiera para recordar los olvidos que más escuecen en los ojos de este viejo planeta. Las tiene del Sahara, de Palestina, contra la guerra, republicanas, ecologistas. Alguna me da envidia, sobre todo una sobre la legalización, pero es impensable que las preste: son parte de sí mismo, son suspiros de su alma, retales de su pensamiento.
Es un tipo sentido. Lo sé por aquella novia que tuvo cuando le conocí. En aquel naufragio se dejo más de diez kilos y un hachazo ancho a la altura del pecho, un poquito hacia la izquierda. También se dejo recuerdos que aún le despiertan algunas noches cubriendo su frente de arrugas.
Por eso sé lo difícil que le resulta digerir ver su foto, entre insultos, en carteles y pancartas. Sé que le han amenazado con cortarle el cuello, que le han insultado, que le han presionado hasta un límite que muy pocos son capaces de traspasar. Sé que durante tres años han querido hacer carroña de su ánimo, minándole poco a poco, presionando un poco más cada día. Sé que lo fácil era entregar las armas, rendirse a la evidencia, traspasar el umbral de la desidia y volver sobre sus pasos. Cualquiera lo hubiera hecho. Cualquiera se hubiera rendido. Todos lo hubiéramos entendido. Todos le hubiéramos apoyado.
Pero nadie sabía que es ese cuerpo pequeño, nervioso y joven latía el alma de un héroe anónimo.
Se sabe respaldado por la opinión de su pueblo. Sabe que las matemáticas son ciencia exacta. Sabe que es solo la voluntad de las gentes de su pueblo la que le ha otorgado el puesto que ocupa en el ayuntamiento. Sabe dividir cien entre veinticinco, y le da cuatro. Y sabe que con un siete coma veintiuno es la voluntad de su pueblo que Ezker Batua tenga dos representantes de los veinticinco que tiene la corporación. Y sabe que ninguna ley, justa o injusta, le ha dado ese sillón. Sabe que solo tiene que dar cuentas al mismo pueblo que le puso en el lugar que ocupa. A nadie más.
Y como lo sabe se muestra enérgico: los que le han puesto le pueden quitar, nadie más.
Con sus veintitrés años entra cada mes al pleno por la puerta principal. Algunas veces los que le persiguen le esperan en las escaleras. O le arrojan a la cara papeles y octavillas en el mismo pleno, pero él continúa entrando por la puerta principal. Por la puerta de los representantes del pueblo.
Como casi todos los héroes anónimos une a la inconsciencia una media sonrisa. La misma media sonrisa que puso cuando le preguntamos en los momentos más duros por qué llevaba una camiseta del Athletic: “porque es la de sufrir”, respondió.
Tal vez un día, cuando le cambien los veintitrés de orden o los multiplique, relea estas palabras y recuerde cuando fue un héroe anónimo. O tal vez le haga caso a Brecht y lo siga siendo. Y siga luchando. Y se haga imprescindible. Y continúe estoico, con sus camisetas, demostrando valor y vergüenza mientras trata de averiguar si lo importante es la meta o el camino.
(Izargorri)