Viernes, 25 de abril de 2008

 Conocí a Fernando Lugo ha­ce menos de medio año. Una persona que deja huella. Alguien que escucha más que habla. De aquellas rara avis que dialogan también desde el silencio. Un hombre cercano, más próximo al ser humano y sus necesidades que al líder mediático. Con él tuve la suerte de dialogar, de aprender, de conocer a un hombre que, sin renunciar a sus creencias, no tuvo rubor en colgar los hábitos para ayudar a los más necesitados. Si, como por aquí decimos, el hábito hace al monje, no puso reparos a la hora de elegir entre el hábito y el monje. Gracias a él conocí uno de los territorios más desconocidos de América Latina: Paraguay.
Paraguay es un país de poco más de seis millones y medio de habitantes, donde predomina el sector agrícola y ganadero y es también uno de los mayores exportadores de energía eléctrica. Pero es también un país empobrecido donde más del 50% de la población está por debajo de los índices de pobreza y donde la corrupción, el contrabando, el narcotráfico y la coima generan incalculables riquezas.
Fernando Lugo acaba de ganar las elecciones. Al frente de una coalición de nueve partidos y cerca de veinte movimientos sociales y campesinos, la Alianza Patriótica para el Cambio se ha convertido en la esperanza del cambio en Paraguay. Sólo alguien como él -junto a un reducido núcleo de personas, entre las que destaca su jefe de campaña, Miguel Ángel López Perito- ha podido encabezar y llevar a buen puerto una amalgama tan compleja de ideologías que va desde el liberalismo hasta el marxismo-leninismo. Una alianza estratégica para muchos, pero necesaria para todos.
Ha habido que superar un sistema de partidos tradicional. Se ha tenido que incorporar un gran número de movimientos sociales. Y ha sido necesario abandonar muchos ropajes para dar paso a las prioridades. La injusticia, la desigualdad, el óxido social han obligado a tomar partido. En esta ocasión, con formato político y andamiaje estratégico.
Y si ha sido posible es precisamente por su honradez, transparencia y cercanía a las personas. Durante más de un año ha recorrido todo el país. Ha recogido las preocupaciones y las inquietudes de los paraguayos. Se ha encontra­do y ha conversado de tú a tú con los ciudadanos. Ñomongeta Guasu ha sido la denominación de unos encuentros que han fortalecido el proyecto desde abajo. Así se ha ido ganando la confianza de los paraguayos y paraguayas: era una persona que escuchaba sus problemas, que les entendía y hablaba el mismo lenguaje que ellos.
Ésta es una semana para la esperanza. Los que estamos conven­cidos de que otro mundo es posible, lo estamos contrastando con la realidad. Hay momentos históricos para muchas personas, aunque ocupen breves columnas de periódico y apenas merezcan dos segundos de telediario. Es cierto que Obama o Clinton o Mccain dirigirán la vida de millones de humanos en los próximos años, pero no es menos cierto que en Paraguay por primera vez dependerán un poco menos de los que ocupan las parrillas de todos los informativos y se desplazan en jet privado, mientras Fernando Lugo trabajaba, dialogaba y planteaba propues­tas de justicia social. Es un momento histórico para Paraguay, donde el pueblo ha decidido escribir su propia historia y mostrar su hartazgo a un grupo de poder que desde hace décadas se ha estado beneficiando de la miseria y la pobreza de la mayoría. Un pueblo que del desaliento ha pasado a la esperanza. Es una alegría mirar el Paraguay de hoy y ver que los cambios son posibles.
Mi deseo es que ese despertar de América Latina sepa encontrar su propio camino, sin imposiciones ni oligarquías basadas en la riqueza material ni la demagogia.

Artículo de Josep Bort, profesor de economía, sacado de levante-emv.com


Tags: Paraguay, Fernando Lugo

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